álvaro siza: iglesia de santa maría en marco de canaveses.
Álvaro Siza: Iglesia de Santa María en Marco de Canaveses
I
Un luminoso cuerpo de piedra caliza revela a las embarcaciones su llegada a Lisboa. El blanco monolito marino corona un baluarte almenado. La Torre de Belem, edificio aduanal del ostentoso período manuelino, se erige como diáfano hito de ingreso a Portugal. Separado el decorum, su arquitectura encarna valores de una tenaz arquitectura nacional. Nitidez, claridad volumétrica y material, y cierto hermetismo que termina por sublimar las vistas desde el interior.
De geografía peninsular y vocación ultramarina, Portugal caminó casi tangencial a los movimientos sociales y arquitectónicos del resto de Europa Occidental. El arte luso tuvo una importante influencia árabe frente a un Renacimiento débil. La Reforma no alcanzó a Portugal, provocando que el período barroco, estandarte de la Contrarreforma, fuera corto y tardío. Los estilos transitorios frecuentemente estarían influenciados por las condiciones socioeconómicas locales (como la arquitectura plana o chã) y el designio de los mandatarios en turno (estilos manuelino y pombalino).
El siglo XX se caracterizó por revivals nacionalistas: el neomanuelino de cambio de siglo y el estilo portugués suave promovido durante en los años cuarenta y cincuenta por la dictadura del Estado Novo y arquitectos como Raul Lima. Esta corriente pugnaba por una genuina arquitectura portuguesa que retomara elementos tradicionales pero utilizara una lógica constructiva moderna. El portugués suave, en oposición al movimiento moderno, optaba por ocultar los elementos estructurales con ornamentos. Se acercaba más al falso histórico que a una maduración de la arquitectura nacional.
Fernando Távora, arquitecto portuense de origen noble, se convertiría en la figura determinante de una nueva época para la arquitectura portuguesa. Egresado de la Universidad de Porto, Távora comenzaría joven una búsqueda por una arquitectura moderna pero enraizada en la cultura tanto en obra edificada como a través de la investigación. Publicó el ensayo “El problema de la casa portuguesa. Una falsa arquitectura. Para una arquitectura de hoy” en 1947 y la Investigación de Arquitectura Regional Portuguesa en 1955. Pronto iniciaría como profesor en su alma máter, liderando después el movimiento característico de la arquitectura de su país durante la segunda mitad del siglo XX: la Escola do Porto. Távora invitaría a colaborar en su taller a uno de sus alumnos: Álvaro Siza.
Portugal encontraría en Siza al creador que logró consolidar la arquitectura nacional a un nivel pocas veces comparable con el de otro país en el mundo. La de Siza es arquitectura de transformación y no de ruptura. Su obra establece nuevos vínculos entre valores arquitectónicos heredados de la tradición lusitana y el movimiento moderno. Hay una manifiesta influencia de Loos, Asplund y Barragán, por citar algunos antecedentes. La exaltación de las vistas, el dominio de la luz cenital, la sobria materialidad, una volumetría variante pero franca: alcanzar un punto de estabilidad y una especie de silencio; el territorio temporal, universal, del orden.
A principios de los años noventa, Álvaro Siza recibe el encargo de construir una iglesia en Marco de Canaveses, al noreste de Portugal. Adicionalmente debían diseñarse una casa para el párroco, un auditorio y un centro de educación religiosa.
El solar destinado para el proyecto se encontraba en las afueras de Marco de Canaveses. Siza recuerda haber visitado el lugar décadas atrás, cuando la ciudad era más pequeña y los alrededores se dedicaban a la agricultura. Al reencontrarse con el poblado, la impresión del arquitecto hacia el contexto fue negativa. Una zona urbanizada sin arquitectura de interés, pero cuyos cambios respondían a un nuevo orden social y económico en Portugal.
II
La catedral de Évora se erigió en el siglo XII -durante el período románico- basada en el diseño arquitectónico de la catedral de Lisboa, a su vez influenciada por los templos de Zamora y Santiago de Compostela, en España. Recubierta de cantera rosa, la obra se concluiría cinco siglos más tarde. Al igual que su contraparte lisboeta, la portada está flanqueada por dos torres rectangulares. Lo que particulariza al templo eborense es lo que sucede entre estas dos torres. A diferencia de las catedrales que inspiraron su arquitectura, el nártex se hace evidente desde el exterior. Un arco ojival de seis arquivoltas inicia a paño con las torres laterales. Sin embargo, la cubierta de dicho pórtico de ingreso cierra a media altura del cuerpo principal de la iglesia, expresando con claridad los volúmenes que conforman el edificio. El nártex funge como interlocutor entre el espacio público y el religioso, entre lo terrestre y lo sagrado.
La iglesia de Santa María es sólo uno de los tres edificios contemplados en el proyecto original para Marco de Canaveses. Un basamento eleva y separa al complejo religioso del entorno construido. En la esquina noroeste del nivel de plaza desplantarían perpendiculares la escuela-auditorio y la casa para el párroco. Desde el extremo opuesto del predio, y con una relación más directa hacia la calle, se levanta la Iglesia de Santa María. La portada no voltea a la calle: apunta a los edificios interiores. Un recinto surgiría.
Un volumen subsidiario en el costado norte del templo alberga la sacristía y los confesionarios, a la vez conectados con la capilla funeraria ubicada en la planta inferior del nivel de plaza.
La iglesia enfrente, blanca, casi luminosa. Un soclo alto pétreo paralelo al horizonte… y es que no interesa la tierra sino el cielo. Dos torres que quizá no lo son: están a la misma altura que la nave principal. Entre ellas, un intersticio procesional. Dos puertas transparentes en los costados. El soclo, a nivel de cerramiento de las puertas, ha triplicado su altura. Una puerta se eleva diez metros. El hombre es ahora más pequeño: ha ingresado al templo de la luz.
La torre norte funciona como ingreso lateral y campanario. En ella se sitúa la escalera que conecta al órgano, localizado en una pequeña plataforma elevada dentro de la nave principal. El baptisterio se encuentra en la torre sur. Un recubrimiento de azulejo alcanza la altura total del edificio. La luz resbala hasta la pila bautismal de piedra. Reverbera el sonido del agua en la fuente.
Un vestíbulo de mármol se encuentra con un entarimado de madera. A partir de ese eje se distribuyen cuatrocientas bancas individuales. Soclo alto de mosaico. El firmamento es blanco, resplandeciente. A lo alto, tres grandes vanos reciben luz del norte. Una incisión en el muro sur, horizontal y a la altura de los usuarios, voltea al paisaje, a lo terrenal.
Dos muros convexos cierran la nave. El altar se eleva cerca de medio metro, el entarimado es ahora perpendicular al de la audiencia. La mesa de mármol, la solidez clerical. Tras ella, dos ranuras verticales filtran el resplandor de un lucernario último. Una cruz dorada, trunca, protagoniza la cavidad en uno de los muros convexos; no así el altar: los elementos superpuestos a la plataforma están dispuestos en un equilibrio solemne. Una figura de la Virgen María ocupa el lado sur. La madre está a la altura de los hombres: es la mediadora entre tierra y cielo.
Con la Iglesia de Santa María, Álvaro Siza hace un pronunciamiento arquitectónico sobre la liturgia renovada. Esta búsqueda no se limita al lenguaje moderno consolidado en Siza, siempre sutil en materiales y desprendido de ornamentación. Decisiones como reemplazar las bancas tradicionales por asientos individuales revelan un interés por una ceremonia más democrática. La austeridad decorativa y sencillez material presentan una institución que trata de esconder un pasado ostentoso. La experimentación formal con los símbolos y elementos del altar habla de una iconografía flexible, abierta a la evolución. A diferencia de un templo tradicional, en Santa María una gran ventana alargada se abre al exterior desde la nave principal: no niega la ciudad, la recibe.
El proyecto, emblemático en la trayectoria de Álvaro Siza, conjuga rasgos distintivos de su trabajo previo. La predilección del arquitecto portugués por la iluminación natural se hace presente en toda su obra, particularmente en la pública, donde cumple un rol protagónico (Escuela en Setúbal, 1986; Biblioteca Universitaria en Aveiro, 1988). Otro interés constante dentro de su obra civil es la creación de plazas, la delimitación y conciliación de lo público, lo privado y lo no construido (Centro Gallego de Arte Contemporáneo, Santiago 1988; viviendas en el parque Van der Venne, La Haya 1984). Siza ya buscaba una clara diferenciación del carácter de sus espacios a través de basamentos (Centro Meteorológico en la Villa Olímpica de Barcelona, 1989) y soclos altos o guardapolvos (Banco Borges & Irmão, Villa do Conde 1980). Compuesta por definidos volúmenes adosados, la casa Avelino Duarte (Ovar 1980) recurre a una gran ranura vertical para señalar el ingreso, y apuesta por cierto ascetismo en el lenguaje exterior mientras los interiores se manifiestan más variantes espaciales y materiales. Es quizá esta vivienda de sus primeros años como arquitecto la que guarda los vínculos más cercanos con el templo en Marco de Canaveses.
III
La Iglesia de Santa María sugiere el encuentro entre la tierra y el cielo, entre el hombre y la divinidad. Arquitectura sagrada y tradición viva, ritual de modernidad oficiado por la luz.
Referencias bibliográficas.
· El Croquis, volúmenes 68/69+95. Editorial El Croquis, 2000.
· Universidade do Porto: Fernando Tavora (ver: http://sigarra.up.pt/up/web_base.gera_pagina?P_pagina=1000721)
· Caracterização e Conservação de Argamassas Tradicionais Históricas de Edifícios Religiosos do Alentejo: Évora Cathedral (ver: http://cathedral.lnec.pt/english/evora.html)











